La huida hacia la locura para eludir enfrentar el dolor: el secreto que se vuelve siniestro en La Profecía.
En su célebre escrito de 1924 La pérdida de la realidad en las neurosis y las psicosis, Freud postula con precisión quirúrgica que la mente humana, al toparse con una parte de la realidad que se vuelve intolerablemente dolorosa, puede optar por romper con ella. El delirio o la confusión resultantes, lejos de ser la enfermedad en sí misma, operan en realidad como un intento desesperado de curación: un parche defensivo para edificar una nueva realidad, allí donde el dolor original amenazaba con destruir la estabilidad de la persona, simplemente porque lo ocurrido no se siente soportable.
Antes de analizar La profecía, dirigida por Richard Donner, es necesario aclarar que este abordaje constituye un ejercicio de psicoanálisis aplicado al cine. Analizo un filme de suspenso y terror como podríamos hacerlo con cualquier otra obra cinematográfica (de ficción, documental, de comedia, dramática, en fin, cualquiera), sin pretender entablar un debate teológico o religioso sobre la existencia del mal. Si vemos esta cinta desde este enfoque puramente psicológico y clínico, nos encontramos ante el retrato devastador de la catástrofe que se genera por la incapacidad de tramitar un duelo, y cómo esto puede producir un quiebre personal y la ruptura de toda una familia.
La trama se origina en la penumbra de un hospital católico en Roma. Robert Thorn (Gregory Peck), un diplomático exitoso, perteneciente a una familia acaudalada y de tradición, de nivel social elevado y con un matrimonio envidiable, es informado de que su hijo primogénito ha muerto al nacer. Ante el terror de confrontar su propio desgarro y el pánico de exponer a su esposa Katherine (Lee Remick) a una potencial depresión frente a la pérdida, Thorn pacta en secreto la sustitución del infante fallecido por un bebé huérfano cuya madre murió en el mismo lugar. Al actuar de este modo, el protagonista proyecta en su esposa su propia debilidad e incapacidad para tolerar la pérdida y frustración. Frente al pánico de quedar expuesto ante todos, decide asumir, de forma unilateral, que ella tampoco sería capaz de soportar la verdad, cuando en realidad nunca sabremos cómo hubiera reaccionado la madre. Esta solución, que en apariencia parece humanitaria y protectora, constituye una traición y una mentira que lesiona profundamente a toda la familia. Su decisión es impulsiva y tomada en el momento crítico, por lo tanto carece de reflexión sobre sus consecuencias. En la prisa por ocultar el fallecimiento de su hijo niega por completo la importancia o las severas complicaciones que puede tener el adoptar a un hijo de esta forma, en una transacción clandestina que carece de cualquier registro. A diferencia de una adopción legítima —donde existe una institución encargada de velar por el proceso, estudiar a los solicitantes y ofrecer ciertas garantías sobre el origen y la historia del niño—, aquí nos enfrentamos a un acto a ciegas, clandestino y desamparado. En la película, este riesgo extremo se simboliza bajo el mito de que el niño adoptado es hijo de un chacal. Un infante adoptado de manera oculta, sin el respaldo o la rigurosa evaluación de sus antecedentes y proceso de gestación, en un marco institucional, puede acarrear severos antecedentes familiares: enfermedades físicas o mentales, adicciones o trastornos durante el período de gestación, de consecuencias inimaginables. Todo esto convierte la decisión del diplomático en un acto no solo impulsivo, sino ilegal y carente de toda protección, lo cual además, es opuesto a la imagen de rectitud y tradición de la familia Thorn.
Como suelo decir, la realidad es terca e implacable y la verdad jamás puede ser sepultada para siempre. Si el dolor y las equivocaciones de nuestra vida no se aceptan, enfrentan y hablan, se vuelven persecutorias. Las pérdidas que no se confrontan con palabras y llanto, las verdades silenciadas siempre encontrarán la grieta para abrirse paso de manera descarnada, transmutándose en malestar, en conductas destructivas o en la más severa de las patologías. En estas circunstancias el duelo se niega, se sepulta, pero jamás se elabora.
Al intentar tapar la falta de su propio hijo con un sustituto (Damien), Thorn clausura la posibilidad de una despedida sana y traiciona a su propio pequeño al no permitir que se procese el duelo que corresponde a su muerte, condenando a su familia a que aquello que se oculta retorne en la realidad de la peor forma.
Pocas cosas hay tan familiares para una madre como la mirada de su hijo; sin embargo, Katherine Thorn intuye tempranamente la suplantación y emerge en ella una profunda angustia, una intuición de que hay algo que está mal con su hijo, lo cual tiene que ver directamente con la mentira sobre su origen. El cuerpo y la intuición no mienten: ella experimenta un rechazo profundo y un miedo constante porque el niño no le devuelve la tranquilidad afectiva que una madre espera, sino el vacío de un silencio impuesto. Es aquí donde lo oculto y secreto sale a la luz como algo siniestro y perturbador, recordándonos que el engaño destruye el vínculo más sagrado. Si continuamos con esta perspectiva, la posterior degradación de la familia —donde los accidentes fatales aíslan por completo al clan— devela el colapso de un padre que miente y constantemente queda en evidencia ante todos: en la iglesia, en el cumpleaños del niño que se vuelve tragedia, con el accidente de su esposa. Es decir, lo más temido es lo que se muestra: la familia Thorn no es perfecta, algo malo sucede allí. La sospecha de que Damien es alguien esencialmente malvado es la coartada que el protagonista necesita para tapar la culpa que lo persigue por sus actos erráticos y por defraudar la confianza de su esposa para mantener una imagen familiar de felicidad que se cae a pedazos. De esta manera, el niño termina cargando sobre sus hombros el peso de un secreto familiar.
En la película, la búsqueda implacable de la verdad se torna letal: cada figura que intenta investigar e interrogar el origen de la mentira —el sacerdote o el fotógrafo Jennings— terminan pagando con su propia vida. En la vida real suele ocurrir que el conocimiento y la búsqueda de la verdad son rechazadas y obstaculizadas, incluso observamos en muchas personas una feroz resistencia ante los procesos terapéuticos que tiene su origen en el pánico a revelar las verdades dolorosas ocultas. Muchas veces nos defendemos de la verdad con agresividad o rechazo porque el descubrimiento de lo que hemos sepultado se siente como una amenaza que puede derrumbar nuestra vida entera. Así los hijos suelen convertirse en los chivos expiatorios de los secretos de los padres. Los niños perciben las tensiones ocultas del hogar y sus problemas de comportamiento o conductas disruptivas muchas veces son, en realidad, una forma de rebelarse ante mentiras que intuyen pero no pueden nombrar, especialmente en un entorno que ya no sienten confiable y que los vigila con sospecha.
El clímax de la película, en el que un padre arrastra a un niño de cinco años al altar de una iglesia con un puñal, escenifica visualmente un impulso destructivo hacia el propio hijo.
La sospecha de que el niño es un monstruo opera como la coartada perfecta para encubrir el deseo inconsciente de eliminar al objeto que le recuerda constantemente su propia culpa. A nivel cultural y religioso, se nos ha dicho históricamente que los hijos pagarán las culpas de los padres. Psicológicamente, esta premisa adquiere una alarmante vigencia: los hijos cargan y pagan las faltas de sus progenitores porque heredan los secretos, las mentiras y los traumas familiares que no fueron resueltos en su momento. Al ser depositados de manera inconsciente en los niños, estos terminan manifestando problemas por un malestar que los antecede y por el cual, paradójicamente, serán castigados.
La Profecía nos recuerda que el sufrimiento evadido mediante engaños siempre regresa a reclamar su lugar en la superficie, convirtiendo la evasión en síntoma y demostrando que la verdad y el dolor, tarde o temprano, exigen ser encarados en el diván de la realidad.
LA PROFECÍA (The Omen)), EEUU, 1976. Dirección; Richard Donner. Guion: David Seltzer. Fotografía: Gilbert Taylor. Montaje: Stuart Baird. Música: Jerry Goldsmith. Elenco: Gregory Peck, Lee Remick, Harvey Stephens y David Warner.



