No es que Trump ha sido suplantado por un doble ni nada por el estilo. El asunto es que él no es el artífice de lo que hace, no tiene la capacidad mental para maquinarlo. La trama es a la vez más simple y además más compleja, y valga la contradicción.
Trump no es Trump, es alguien colocado ahí por sectores sumamente poderosos, es el instrumento de ese poder. Está instalado en esa posición fundamentalmente por grandes intereses económicos, que basándose en la eliminación en 2014 de las limitaciones de aportes a las campañas electorales, le abrió de nuevo las fauces a los que tienen la capacidad financiera para torcer las tendencias, sobre todo las electorales.
Eso lo vimos clara y descaradamente ante nuestros ojos. Aportes milmillonarios a su campaña hicieron peso indiscutiblemente a su favor. De alguna forma, comprar la presidencia para alguien de su grupo era una gran inversión, con grandes ganancias inmediatas. Apenas tomó el poder, con la anuencia de sus acólitos republicanos en el control de ambas cámaras legislativas, propuso y logró, una considerable disminución de los impuestos a las grandes empresas y a sus propietarios, un negocio redondo. Fue público y notorio que un Elon Musk aportó por lo menos 450 millones de dólares a su campaña, y es indiscutible que en sólo dos años ha recibido muchísimos más, no sólo en rebajas de impuestos, sino en contratos milmillonarios o billonarios con el gobierno. Un asalto a los dineros públicos, encabezado por los grandes empresarios, a costa de un gigantesco incremento de la deuda nacional.
Es evidente —evidentísimo, diría yo— que a Trump, a pesar de un historial y unos juicios por infinidad de delitos, le convenía ser electo para deshacerse, por lo menos temporalmente de todas esas acusaciones. Era el instrumento perfecto para los grandes capitales que apostaron por él. Los republicanos se hicieron inmediatamente cómplices de todo eso, a pesar de que basándose en lo que había sido su primera presidencia, cuando llegó al poder desconociendo todo acerca de cómo se maneja el asunto, nombró a su alrededor a un grupo de connotados republicanos con experiencia gubernamental, todos los cuales terminaron con las tablas en la cabeza, acusándolo de incapacidad, empezando incluso por el que fue su vicepresidente, Mike Pence, y casi todos los miembros de su gabinete. En este segundo período sólo se rodeó de incondicionales, la mayor parte de ellos de una manifiesta incapacidad. Lo dijo muy claro uno de sus hijos, cuando recién tomaba la presidencia: en el gabinete no podía haber nadie más inteligente o preparado que Trump. Bonita manera de empezar.
Voy a poner un ejemplo, creo yo que muy significativo de lo que está ocurriendo en estos momentos. ¿Porqué no se acaba la guerra contra Irán? Porque sigue siendo un gran negocio. ¿Para quién? Si lo estamos sufriendo todos con los altos precios, la inestabilidad y una especie de caos mundial. Pues para varios intereses supremos, no nacionales, sino económicos, que al mismo tiempo están teniendo inmensos beneficios de la situación actual. En primer lugar, las poderosísimas empresas petroleras que están obteniendo cada vez más impresionantes cantidades de ganancias, más que nunca, sobre todo con los exagerados aumentos de los precios, tanto de esa materia prima como de sus derivados.
Otros grandes ganadores de esta y de todas las guerras son las empresas que fabrican armas. Mientras los combates se acrecientan, también lo hacen sus ingresos. Se frotan las manos, pero de placer, al ver a EEUU prácticamente agotando sus reservas misilísticas.
Las grandes tecnológicas, financistas y manipuladoras también para que Trump volviera al poder, son otras ganadoras con la guerra, pues mientras esta mantiene entretenidas y preocupadas a las personas con la confrontación, menos se ocupan del necesario y yo diría imprescindible control que las sociedades deben construir contra ellas.
Es conocidísimo a nivel universal una forma muy común de robo, sobre todo en las calles. Es el viejo truco de algún malabarista con cartas o algo parecido. Mientras las personas se agolpan para verlo, sus compinches desvalijan a los entretenidos y nada precavidos mirones, que son presa fácil mientras se distraen viendo al malabarista. Todo el mundo habla de Trump, es la distracción, cambia de cartas a diario, pero el peligro y su indiscutible daño universal, no es él, es lo que está detrás. Y si no pregúntenle a Stephen Miller (en la foto), el cerebro en las sombras.



