Durante los años cuarenta del siglo pasado, cuando en el mundo del jazz contracultura estadounidense (el mundo revolucionario del bebop y el swing) se empezó a utilizar el término square minded (mente cuadrada) para significar a aquellos músicos presos dentro del cuadrado musical compositivo tradicional del 4×4 (a los privados del swing, de fluidez creativa o sabor) no se imaginaron que ese término tuviera la expansión lingüística y cultural que tuvo desde entonces.
A partir de ese momento, la expresión mente cuadrada poco a poco se filtró en el lenguaje diario de EEUU para luego expandirse globalmente. De forma progresiva, toda persona conservadora, rígida o demasiado apegada a los ‘valores tradicionales’ se definió en general como una persona de mente cuadrada.
Para un arquitecto como el que escribe, las metáforas geométricas son el pan de cada día. En consecuencia, el objeto de este escrito es demostrar de forma sencilla no exenta de elucubraciones personales, si bien basadas en hechos comprobados, que tal idea es correcta tanto desde el punto de vista ontológico como del epistemológico, e incluso desde el punto de vista de la filosofía, las ciencias formales, las naturales, las sociales y hasta las del comportamiento. Pues una mente cuadrada es, a todas luces, una mente limitada al extremo, independientemente de dónde, cuándo y cómo se manifieste o se use. Todo ello en claro contraste con una alegoría libre, fluida, flexible y sin mayores cortapisas, a la que llamaremos: una mente redonda o más bien esférica como su opuesto preferible en todo sentido relevante.
A la rigidez del cuadrado y sus ángulos rectos expresados volumétricamente en el cubo, le enfrentaremos la flexibilidad del círculo y de su manifestación tridimensional: la esfera en un intento por romper con lo que denominamos ‘alienación geométrica’ en lo humano y en lo universal.
Empezaremos en la Grecia antigua (y con Roma) como es debido, las cunas aceptadas de nuestra civilización occidental.
Los primeros atomistas griegos, personificados en Leucipo y Demócrito durante el siglo IV a. C. (así como más tarde lo hicieron Epicuro y Lucrecio, que era romano) propusieron por primera vez en la historia que la constitución básica del Universo eran los átomos. Es decir, unos corpúsculos infinitamente pequeños constituyendo la unidad mínima de la existencia. Esas partículas esenciales, dentro de la visión intuitiva de la física ancestral, no podían ser ni cúbicas ni poliédricas pues estas no podían tener aristas. Tenían que ser esféricas por simple inferencia lógica.
La invariancia y simetría total de la esfera como único cuerpo geométrico que no tiene ni ‘arriba’ ni ‘abajo’, que se ve exactamente igual desde cualquier ángulo y que no posee esquinas o bordes que sufran más desgaste o fuga de energía, constituía la ‘volumetría perfecta’ para la entidad primordial. Una volumetría en la que cada punto de su superficie estaba a la misma distancia de su centro virtual. Una dimensionalidad insuperable en términos ideales.
Los atomistas no solo imaginaron átomos esféricos, sino que Epicuro y Lucrecio introdujeron una idea fundamental para la filosofía de la libertad y el devenir: el clinamen o desviación. Si los átomos cayeran en líneas rectas y paralelas (un esquema inflexible y cartesiano o cuadrado) jamás se habrían encontrado para formar el Cosmos. Por ello, Epicuro postuló que los átomos sufren una pequeña desviación curva e impredecible en su trayectoria. Esa leve curvatura en el movimiento es la que permite el choque, la combinación, la diversidad de la materia y, en última instancia, la libertad. La libertad misma nacía de romper la línea recta y el predominio de lo cuadrado. Y esta se originaba en la cambiante fluidez vital del río de Heráclito. La libertad ideal surgía del movimiento curvo, de la transformación constante.
La idea misma de la línea recta, en la óptica de los matemáticos y geómetras griegos clásicos (como los Pitagóricos) se basaba en que esta estaba conformada por una larga sucesión de puntos o esferas adyacentes las unas a las otras. La recta es entonces un constructo ideal secundario, el punto o la esfera diminuta es lo primario.
Tal y como muy paradójicamente lo apuntó Zenón de Elea (otro genial griego del siglo V a.C.): si la recta fuera una barra monolítica e inflexible (un ‘cubo estirado’) el movimiento continuo sería imposible. El movimiento (y por tanto la Historia) solo es explicable como el continuo fluir de una entidad a través de infinitos estados o puntos que se tocan tangencialmente, al igual que dos esferas que rozan sus superficies sin deformar su centro.
Pasaron largos siglos y particularmente los de la Edad Media, en la cual el conocimiento grecorromano en este campo y otros casi desapareció por completo, y lo filosófico-religioso-cristiano se entronizó en la cultura europea en detrimento de lo científico que quedó en manos del esoterismo. Es con la renovación del Renacimiento y el rescate de los sabios árabes que tal conocimiento clásico reapareció con fuerza en la cultura europea de los siglos XV y XVI. Tal fenómeno tomó cuerpo en un grupo de las mentes creativas más esféricas de nuestra Historia, tales como Paracelso, Erasmo de Róterdam, Leonardo da Vinci, Miguel Ángel Buonarroti, entre muchos otros. Un ejemplo muy relevante de cómo lo esférico mental alcanzó su cúspide renacentista arquitectónica es: la cúpula de la Iglesia de Santa María del Fiore del sublime Filippo Brunelleschi, (construida entre 1420 y 1436) la cual es considerada una de las hazañas ingenieriles y arquitectónicas más impresionantes de la humanidad. Una hazaña esférica producto de una mente esférica, sin duda alguna.
Estas intuiciones ancestrales griegas llevaron a Leibniz y a Newton, en el siglo XVII, a la invención del cálculo infinitesimal y a la concreción del infinito matemático como concepto básico de las ciencias. Para lograrlo utilizaron la idea de la ‘aproximación discreta’: si colocas esferas continuas a distancias variables tienes una secuencia de entidades discretas. Así mismo, utilizaron el concepto del ‘paso al límite’: a medida que el radio de esas esferas se reduce a lo más mínimo y su número tiende al infinito, la rugosidad desaparece y la superficie envolvente se percibe como una línea recta perfecta y continua. Con esa genial invención humana del Cálculo Infinitesimal (o Diferencial) las ciencias dieron un tremendo salto hacia adelante. Y este salto, a su vez, permitió la aparición tanto de la teoría ondulatoria y de partículas en referencia al comportamiento de la luz, como a la teoría electromagnética de Maxwell y la inmensamente importante teoría de la relatividad de Einstein a principios del siglo XX.
Dichas teorías junto a la de la Gravitación Universal de Newton, pueden igualmente ser catalogadas como curvo-esféricas. Todas estas han estructurado, junto a otras concomitantes, nuestra visión científica del funcionamiento de lo Macro, conformando unas hazañas esféricas de la intuición, la creatividad y el intelecto de nuestra especie. Hazañas no-cuadradas que nos han permitido aspirar a la ‘conquista del espacio interior y exterior’, en y desde nuestro pequeño ‘planeta azul’. Un planeta, que como todos los que componen nuestro Sistema Solar, muestra una volumetría esférica.
Es más, si a este hecho le agregamos que las órbitas de los ‘cuerpos celestes’ son elípticas, o variantes de lo circular o esférico en términos puramente geométricos: la supremacía de lo curvo-redondo-esférico en el pensamiento humano racional a gran escala, estaría muy firmemente asentada.
Para reforzar las ideas esféricas sobre la naturaleza y el funcionamiento de lo Macro, tenemos que mencionar el gran desarrollo de la física cuántica, la que, a partir de principios del siglo XX, en las mentes esféricas de ‘gigantes intelectuales’ como Dirac, Bohr, Planck, Heisenberg, Schrödinger, Born y otros, han contribuido a un mayor entendimiento de lo Micro, de lo más pequeño, de lo basal, con una precisión matemático-estocástica realmente impresionante.
Muchos no saben que, a pesar de todo el ingenio y la creatividad esférica que han caracterizado a la filosofía, las ciencias y las tecnologías (y casi todas las actividades relevantes humanas) a lo largo del tiempo, la física de lo Macro y la de lo Micro no han encontrado una Teoría del Todo o una Teoría del Campo Unificado que las reúna en un cuerpo armónico empíricamente comprobable. A esa tarea compleja pero imprescindible se han dedicado y se dedican muchas de las grandes mentes científicas no-cuadradas, por un largo tiempo.
Conociendo la resistencia humana a la ignorancia, no tenemos muchas dudas de que más temprano que tarde este problema tan relevante sea resuelto, para beneficio de la humanidad entera.
Tampoco dudamos, ni por un solo instante, que esa Teoría del Todo no vaya a ser una teoría esférica y ciertamente no cuadrada. Una teoría basada en una visión no tradicionalista flexible, emanada por mentes igualmente esféricas. Mentes no limitadas por las barreras ortogonales y cúbicas que encierran a las mentes cuadradas a ultranza, las que, por desgracia, dominan gran parte de nuestro mundo actualmente.
En este sentido, y a modo de ejemplo biológico, les llamo la atención para que reparen en un fenómeno evolutivo fehaciente que se refiere a la forma del cráneo de nuestra especie el Homo sapiens. Y cuando hablamos de ese fenómeno, estamos dentro del reino de una de las teorías más importantes esféricas y comprobadas de todas: la Teoría de la Evolución de Charles Darwin y Alfred Russell Wallace (1858) producto de las elucubraciones más redondas de dos de las mentes más brillantes no-cúbicas de la Historia.
El muy largo proceso evolutivo de los homininos (el taxón biológico que incluye al “hombre moderno o sapiens”) ha favorecido desde el principio el redondeo de nuestro cráneo, para contener y proteger con mayor eficiencia a un cerebro en continuo crecimiento. Es decir que, para albergar a un cerebro ‘encefalizado’ la evolución moldeó nuestro cráneo como una cúpula ovoide auto soportada, optimizando la relación volumen/superficie para albergar un cerebro voluminoso, sin aumentar el gasto metabólico, ni colapsar su estructura. El objeto de este proceso evolutivo es maximizar la topología interna del cráneo, para contener un cerebro que se pliega en circunvoluciones suaves y campos continuos (giroficación), donde las conexiones neuronales buscan la trayectoria más corta y eficiente, dentro de una geometría curva envolvente. Este interesante desarrollo evolutivo, que se caracteriza por el plegamiento cortical o el movimiento formativo de circunvoluciones en el cerebro, transcurre estructuralmente durante la embriogénesis. Y se refiere a la secuencia de la maduración cerebral, mediante la cual la corteza cerebral humana se pliega sobre sí misma, creando los característicos relieves llamados circunvoluciones (gyri) y los surcos o hendiduras (sulci).
Este plegamiento permite aumentar drásticamente la superficie de la masa cerebral (y la densidad neuronal) dentro del espacio curvo y limitado de la cavidad craneal.
Un cerebro grande ovoidal (redondeado) y grandemente interconectado, cuya manifestación emergente es nuestra mente (según una visión materialista aceptada por nosotros y muchos pensadores e investigadores notables en la materia) no podría haberse desarrollado en una cabeza cúbica o con aristas; sino más bien en una cabeza redondeada, tal y como ha sucedido naturalmente. Pues la Naturaleza favorece las formas curvas, redondeadas u ovoidales en detrimento de las rectas y los planos con aristas, en términos generales. Consecuentemente, la mente humana desde esta óptica fiscalista es un fenómeno cerebral emergente, que surge de su alta complejidad organizativa, conectiva y funcional en continua interacción con su medio natural y cultural.
En este punto, es necesario hacer una aclaratoria previa al redondeo final de los pensamientos aquí expuestos. Esta aclaratoria se refiere al hecho de que a este autor no se le escapan las limitaciones intrínsecas de sus pensamientos, por más esféricos que estos intenten ser.
Sabemos bien que en el mundo real existen muchísimas personas que poseen una amalgama particular de ideas y comportamientos, que se le pueden atribuir tanto a la cuadratura como a la redondez de sus mentes. La historia está plena de “genios” en sus profesiones, artes y oficios quienes han producido ideas y objetos magníficamente redondeados. Y que, por otra parte, se han comportado en sus vidas sociales como individuos de mentes cuadradas casi perfectas. Sabemos de algunos, conocemos a algunos y, estamos seguros de que la mayoría de las personas en este globo, muestran esa mezcla de manera muy variadamente evolutiva. Sería un error grave el no admitirlo. Por lo tanto, una disquisición sobre los casos híbridos mayoritarios está fuera del alcance de este escrito, pues, ello es con seguridad el objeto de un análisis psicológico comprehensivo esférico, para el cual sé que no estoy calificado.
No obstante, tal y como lo hemos expresado claramente al principio, nuestro escrito tiene un propósito principal. Y este propósito se concentra en demostrar de manera general y, con el apoyo de algunos ejemplos clásicos dentro de las ciencias y en cierto modo en la filosofía, que las ideas esféricas son superiores a las cúbicas, en general. En este sentido, y a pesar de sus conocidas restricciones, este análisis particular se sitúa en el centro del conjunto de las ideas, mirando directamente hacia el humanismo esférico de las variantes menos extremas de la izquierda, que al eugenismo cuadrado de las variantes más extremas de la derecha, en términos políticos o ideológicos.
Una vez aclarado este punto de gran significación, procedemos a los razonamientos finales, que se ubican en el reino de la teoría y la praxis de las ideas. Y lo haremos con énfasis especial en lo político actual, referido a nuestro país Venezuela.
Así como un cerebro rígido y sin pliegues es incapaz de procesar el pensamiento abstracto, las sociedades atrapadas en dogmas rígidos e inflexibles terminan atrofiándose. El autoritarismo duro y el extremismo ideológico no son más que la manifestación política de la mente cuadrada, en nuestra opinión.
Si la evolución neurobiológica demuestra que la complejidad, la adaptabilidad y el flujo sintáctico del cerebro responden a una topología curva e interconectada, resulta inevitable extrapolar este fenómeno a la dimensión social, como una analogía necesaria dentro de esta reflexión.
La política y las instituciones no son más que el pensamiento humano manifestado a escala colectiva. Debemos insistir en la idea de que: así como un cerebro que pierde sus pliegues se atrofia funcionalmente, una sociedad sometida a esquemas ideológicos rígidos y dogmáticos sufre una esclerosis institucional. La rigidez ortogonal expresada en la incapacidad de procesar la disidencia, la imposición de verdades monolíticas y el reduccionismo doctrinario, constituyen la manifestación política de la mente cuadrada. Cuando este modelo dominador se impone, destruye la red sinuosa y diversa que exige la convivencia democrática, derivando de forma trágica en la degradación existencial y humanitaria de toda una nación.
En la Venezuela contemporánea, esta atrofia no es una mera abstracción teórica; es una tragedia cotidiana y existencial. La crisis profunda que atravesamos hunde sus raíces en la imposición de una lógica de ‘bloque único’, refractaria al matiz y sorda a la complejidad. Por un lado, la tutela geopolítica forzosa y las acciones de hegemonía exterior operan bajo una plantilla rígida e insensible a la soberanía del pueblo venezolano como un todo. Por otro lado, la dinámica interna del régimen autoritario local, atrincherado en la manutención del poder, en su pseudo dogmatismo, el control social y la negación del otro: ha petrificado la vida democrática, sumiendo a la población en una emergencia humanitaria que vulnera la dignidad humana en su nivel más basal.
Ambas posturas, al reproducir la ceguera de los ángulos rectos, son incapaces de ofrecer una salida viable. Frente a esta doble tenaza de la mente cuadrada, apelar a la “mente esférica” no es un ejercicio de inocencia teórica, sino un acto de resistencia ética y política.
Tal resistencia debe enfrentarse tanto a la ideología depredadora del imperialismo neocolonialista de EEUU como a la ideología autoritaria interna, igualmente depredadora, del régimen venezolano en el tiempo presente. Dos ‘cleptocracias cuadradas’ hermanadas en una complicidad nefasta, que actúan al unísono en contra de los intereses democráticos redondos más esenciales del pueblo venezolano.
Reivindicar la mente esférica es exigir el restablecimiento de la fluidez democrática, la restitución de las libertades fundamentales y el derecho inalienable a disentir. Al igual que el clinamen epicúreo desviaba la trayectoria inerte de los átomos para dar origen a la vida y la diversidad del Cosmos, el pensamiento curvo, crítico y liberador de los venezolanos debe romper el determinismo de lo autoritario y cuadrado.
No se trata solo de cambiar un régimen o rechazar una injerencia externa y forzada; se trata de restaurar la condición humana de nuestra sociedad mediante un compromiso inquebrantable con la verdad, la cordura y el pluralismo esféricos. Ello solo se puede obtener en el ejercicio soberano de una Democracia avanzada, plena de una inapelable conciencia social humanista.



