Sabores y Saberes o cómo a fuego lento se cuece un idilio
Él, Claudio, comediante, escritor, cocinero y personaje con voz propia de la ciudad y más allá, el mismo que otrora espoleara a los viandantes con sus bigotes como manubrios —ahora solo son dos los que cortan los vientos con tales mostachos: Roberto Briceño León y Rafael Arráiz Lucca—, él, Claudio, el promotor de sainetes que imantan a los parroquianos de medio mundo en restaurantes, gradas, paraninfos, terrazas, museos, parques, jardines y demás escenarios multitudinarios o domésticos, porque promete nutrir alma y cuerpo con cuentos navideños y pan de jamón, y seducir con su verbo ocurrente y una paella a su aire —y lo cumple—, él, Claudio Nazoa, cautivó con su gracia chancera y aderezos de su inventiva a los comensales de esa ocurrencia urbana y dominical, de perseverancia y resistencia, que es Sabores y Saberes. “Como decía Niestszche, la esperanza es vida, no la malgaste”.
El performancista de apellido linajudo, tan bien ubicado en los ámbitos de la cultura y la panadería, este domingo, cariño como arroz, todos fuimos arroceros. Con-Besar para darle a la lengua en todos los sentidos, con el gusto de un menú que conmueve papilas y el fuego lento de la palabra que rueda libre y descorcha emociones engavetadas, él, Claudio, mezcló en precisa medida, con sabiduría genética, la que le viene de su padre, Aquiles Nazoa: humor y amor. “Hemos resistido la pela, supongamos que está próxima a terminar, por eso tenemos que seguir creyendo y diciendo, haciendo pulso con los hombros arrimados a la causa republicana y viviendo con dignidad y sin dejar de sonreír. Sí, parece mucho, pero es que no puede ser menos, la precariedad no puede estar en nuestra agenda íntima, ni en sueños, menos en nuestras victorias”, dijo como abrebocas.

Comunión con paella con productos de la tierra, a este encuentro caraqueño en familia, familia elegida, con gente querida de la ciudad que amamos y en el país de nuestros tormentos cuya democracia y libertad no dejamos de anhelar, y por cuyo destino floreciente seguimos resistiendo de mil maneras, una es esta: abrazarnos en 3D. Coincidimos: encontrarnos es reafirmación. Oxígeno. Y compartir mesa es reivindicar nuestras tradiciones dándole a la lengua que defiende, con la militante memoria gustativa, la sazón que nos repatria y el recetario que nos representa. Y que a viva voz muerde y remuerde lo que sentimos.
Con Maura Celimén, Salvador Fleján en los fogones y el invitado especial que se arremanga, en esta nueva convocatoria para las bocas que se relamen y la oratoria vimos cómo con ternura y tenacidad los productos que van cociéndose en aquella sartén gigantesca como un Sol, un metro redondo, se produciría el milagro de aromas que saltarían sin recato por encima de los muros del jardín. Meneo a fuego lento que subyuga y exalta emboques, termina convertida la paleta de mover a su cargo en pincel: aparece sobre la caliente plancha un arcoíris. Claudio Nazoa organiza a los ojos de todos en líneas concéntricas, en torno al arroz, aros cromáticos de legumbres menudamente picadas, las verdes, las rojas, las amarillas y las anaranjadas, que parecen prolongarse en el entorno, casi prueban en su vaivén —una brisita terca nos auxilia en el calor—, el punto de sazón, junto con el cocinero, la ixora roja, la trinitaria fucsia, las hojas marrones y púrpura del árbol de aguacate.
Tras el cocer y contar, la paella está lista cuando se parece a Júpiter; su satélite serán las rebanadas de pan de queso que sabe a beso. El ritual es una comunión. A más de uno se le aguan los ojos recordando, echando en falta, masticando nostalgias. Quizá porque Nazoa confiesa sentirse en una “tibia burbuja de amor” y no hay humo al cual culpar. Otros ríen cuando dice que se decantó por esta propuesta culinaria porque no le quedó más opción: “en sesta casa funciona un solo fogón, los otros tres están habitados por libros, como todos los espacios, qué cosa tan rara”, sonríe.
El tomate bañado en mieles y sutiles picores, como cascos de guayaba o perita en dulce, coronado con queso guayanés, postre inventado por Nazoa, cierra la experiencia en que Claudio resume más que su vida sus pasiones, más que su próximo itinerario la tarea que toca. Titiritero en un grupo que elogiaba el erotismo de los muñecos de tela, hombre risueño que cree en el arte, también por vía sanguínea, y en la justicia, parece que hubiera nacido desembarazado de los corsés dogmáticos y de las ideologías, no del compromiso de decir, de jugar, de reír. Tanto como de las sardinas y los huevos que alguna vez nos pidió comer en televisión. No puede con el sambenito.

Celebra mejor las brasas y los abrazos en esta tarde de luz inquebrantable que iluminó su performance como aquellos cenitales que a medianoche hicieron foco en su programa de chanzas durante tantas sesiones en la boîte caraqueña de La Guacharaca, de la que fuera socio el novelista y sibarita fundador de Exceso Ben Amí Fihman. Chef con chispa también en el restaurante El Parque de Parque Central, en tiempos en que era referencia, él, Claudio, repasará, de su trayectoria, las mejores compañías, damas aparte.
“Gracioso: hemos tenido la suerte de trabajar y conocer a gente como él, Ben Fihman, el de la lengua más filosa, el humor más negro y el paladar más sabio, y como Mireya Caldera Pietri, comprometida hasta los tuétanos con el Museo de los Niños. ¡Cuántos nuggets no he preparado para los muchachitos visitantes de esa institución! y con Charles Brewer Carías, una figura icónica nacional y universal, y tan divertido, no olvidemos que un día María Lionza amaneció en la autopista con un sostén enorme tapando parte de su celebrada desnudez, y todos los que han venido hoy”.
Fotos de Julio Osorio



