Esta novela es de un refinamiento absoluto. En especial, la construcción de la misma.
La obra me ha dejado sumergida en un silencio profundo. Inicialmente… la siento, más que verla. La aprecio y respeto, más que comprenderla; así, de la misma manera que ocurre, cuando levanto el rostro para vivir la noche estrellada consciente que todo es muchísimo más de lo que abarco con mis sentidos.
Es una esencia que no requiere respuestas. Porque esta novela es un ser vivo. Con una respiración tan personal que comprendes, incluso al concluirla, que no cesa de inhalar y exhalar.
Desde la perspectiva formal, su narrativa tiene una composición, una riqueza, que solo puede proporcionar quien domina el género más completo de la escritura: un dramaturgo. Desde el inicio hipnotiza.
De todo cuanto he leído de Edilio Peña hasta ahora, me atrevería a decir que esta novela es de una brillantez y originalidad excepcional.
El diseño arquitectónico y su exitosa ingeniería revelan, denota el poder como dramaturgo que tiene el narrador. Intento expresar que un escritor de novelas puede crear genialidades (como el registro histórico literario da fe de ello) pero este nivel tan complejo y completo, donde se ve el levantamiento de la estructura, las conexiones tan trabajadas que se vuelven invisibles, aún al ojo del lector más atento, y esa riqueza plástica en las imágenes que permite que el discurso se reproduzca como una película. Luego, esa trama densa, plagada de complejidades psico emocionales de unos personajes que se entrelazan y se desdoblan; se desdoblan y se entrelazan con ese mágico don de ubicuidad reservado a la divinidad; porque la hazaña narrativa en La daga y la máscara entra y sale del medio que le pertenece, de su propio hábitat, como un delicado mamífero que se debe por naturaleza, a la profundidad y a la superficie de la grandeza oceánica donde existe y pervive.



