Uno no sabe qué resulta más ofensivo y vergonzoso para el pueblo venezolano: escuchar nuevamente a Donald Trump afirmar que “al vencedor le corresponden los despojos”, o ver a Delcy Rodríguez escucharlo impasible para después correr tras él en busca de la ansiada fotografía conjunta. Pocas veces una escena pública condensa con tanta crudeza una humillación política.
La imagen de ayer tocó un nervio especialmente sensible: el de la dignidad nacional. No fue una simple fotografía protocolar ni un episodio menor de diplomacia oportunista. Para muchos venezolanos, representó la confirmación visual de una realidad dolorosa: un país con una tradición republicana y una población que ha pagado costos enormes por su libertad aparece hoy ante el mundo como objeto de cálculo, negociación y conveniencia ajena.
Venezuela merece mucho más que conmiseración internacional o vergüenza ajena. Merece respeto. Y ese respeto comienza por recuperar la conciencia de que la soberanía, la libertad y la dignidad no pueden ser mercancías de intercambio entre actores extranjeros y figuras del poder venezolano.
El costo de la dependencia
El respaldo político que Trump ha dado a Delcy Rodríguez tiene consecuencias que trascienden la coyuntura. Mientras el oficialismo se afianza en Miraflores, una parte importante de la sociedad venezolana percibe que las negociaciones y los contactos internacionales han producido escasos avances concretos en materia democrática, institucional y económica.
La frustración crece porque, mientras se habla de acuerdos, de canales de diálogo y de posibles entendimientos, la realidad cotidiana sigue siendo la de un país atrapado entre el deterioro económico, el autoritarismo y la incertidumbre. El llamado ‘rodrigato’ no parece debilitarse; por el contrario, ha encontrado en la ambigüedad internacional un espacio para consolidarse.
A estas alturas, solo una profunda ingenuidad permitiría creer que la prioridad de Trump es la democracia venezolana. Su política exterior ha mostrado, una y otra vez, que responde ante todo a intereses de poder, cálculo electoral y conveniencia estratégica. Tampoco parece razonable esperar que Marco Rubio arriesgue capital político contra una línea que pudiera contrariar las aspiraciones presidenciales de su jefe.
Venezuela no puede depositar su destino en quienes ven al país como una ficha dentro de un tablero geopolítico.
El desafío de María Corina Machado
María Corina Machado continúa siendo la dirigente opositora más relevante del país. Su fuerza política y moral no proviene únicamente de su trayectoria, sino de momentos de valentía que quedaron grabados en la memoria colectiva. Cuando, frente a Hugo Chávez, afirmó que “expropiar es robar”, no pronunció solo una frase contundente: expresó el sentimiento de millones de venezolanos que veían en la confiscación arbitraria una forma de saqueo político y moral.
Aquella intervención la convirtió instantáneamente en una líder nacional. No porque siguiera la corriente dominante ni porque buscara la aprobación de poderes externos, sino porque habló con independencia y claridad en un momento decisivo.
Hoy se requiere una valentía semejante.
María Corina necesita mostrarse respetuosamente independiente de Trump y deslindarse del calendario político que otros parecen imponerle. Necesita recuperar la iniciativa, definir un rumbo propio y dejar claro que la causa democrática venezolana no depende del beneplácito de Washington, de una fotografía de ocasión ni de una negociación que termine legitimando a quienes mantienen al país sometido.
Seguir haciendo lo mismo desde el 3 de enero no ha conseguido debilitar al poder de Delcy Rodríguez. Si acaso ha contribuido a fortalecer su posición. La política, cuando se reduce a esperar decisiones ajenas, puede terminar convirtiéndose en un ejercicio de impotencia.
Una ruptura principista
El día en que María Corina Machado decida poner límites claros a Trump —con firmeza, inteligencia y sentido de Estado— podría abrirse un nuevo capítulo en su liderazgo. No se trata de una ruptura caprichosa ni de renunciar a la cooperación internacional. Se trata de establecer una relación basada en principios, no en subordinación.
Una posición inequívoca frente a cualquier intento de utilizar a Venezuela como territorio de reparto o como instrumento de intereses electorales estadounidenses tendría un enorme impacto político. Podría incluso producir un efecto comparable, o mayor, al de aquel histórico enfrentamiento verbal con Chávez.
Muchos venezolanos aplaudirían una señal de independencia. No porque rechacen el acompañamiento internacional, sino porque desean que su liderazgo opositor represente primero la dignidad de Venezuela, no los intereses fluctuantes de líderes extranjeros.
La verdadera ayuda internacional debe apoyar la democracia, la institucionalidad y los derechos humanos; no fortalecer, directa o indirectamente, a quienes perpetúan el control autoritario del Estado.
La hora de las decisiones
Venezuela vive una etapa en la que jugar a la política implica riesgos enormes. Cada gesto, cada silencio y cada fotografía tiene consecuencias. Mientras Delcy Rodríguez gana terreno en Miraflores, el país necesita una oposición que no solo conserve respaldo popular, sino que sea capaz de inspirar nuevamente esperanza, dirección y autoestima colectiva.
La dignidad del pueblo venezolano está por el suelo, y no puede seguir dependiendo de lo que decidan Trump, Rubio, Delcy Rodríguez o cualquier otro actor externo. Recuperarla exige liderazgo propio, convicción y decisiones que no estén subordinadas a la conveniencia inmediata.
Los líderes extraordinarios hacen cosas extraordinarias. María Corina Machado ya ha demostrado antes que puede desafiar al poder cuando muchos preferían callar. Tal vez ha llegado el momento de volver a hacerlo: confiar en sus mejores ángeles, retomar la iniciativa y recordar que Venezuela no necesita tutores ni salvadores interesados.
Necesita una voz firme que diga, ante propios y extraños, que la democracia venezolana no está en venta y que su dignidad no se negocia.



