Hay tardes en las que el pasado se instala en la cocina sin pedir permiso, justo al lado del aroma a café recién colado y del crujido suave del pan sobre la tabla. Uno cree, con ingenua vanidad de caminante, que ha logrado empacar la vida en maletas ordenadas; que los adioses quedaron sepultados bajo toneladas de prisa, de trabajo, de nuevas geografías y de arrugas bien llevadas. Pero Jacques Brel —ese belga desgarrado que cantaba con las tripas en la mano y arrastrando las erres con pasión loca y desmedida— nos mira desde el surco de un surco gastado para recordarnos la más amarga y hermosa de las verdades: On n’oublie rien. No se olvida nada. Nada de nada.
La memoria no es un archivo de carpetas pulcras ni un baúl de madera con llave. Es, más bien, como la humedad de las casas viejas: se mete por las rendijas de los zócalos, habita en las sombras del patio y aflora cuando menos se le espera. Se nos olvida la clave del cajero, el nombre del médico o dónde demonios dejamos los lentes de lectura; pero no se olvida la textura exacta de una piel que perdimos, el tono de una risa que ya no habita este mundo, ni el peso aplastante de aquel silencio que precedió a una despedida en una esquina cualquiera.
Brel lo sabía bien. El tiempo no borra; apenas disimula. Va poniendo una capa barnizada sobre las heridas, una pátina de rutina cotidiana que nos permite salir a la calle, pagar las cuentas y sonreír en las fotografías de cumpleaños. Apilamos pantalón tras pantalón, camisa tras camisa, falda tras falda, fotos y gestos gastados, repitiendo el inventario de trastos inútiles que vamos acumulando con los años. Pero los estragos del amor y del desamor no se evaporan como el agua al fuego. Quedan flotando en el aire, suspendidos como ese polvillo dorado que se ve a través de la luz de la ventana a las cuatro de la tarde.
El corazón, si sabio, guarda su propia contabilidad, terca y precisa. Un olor a jazmín de noche en el porche, el crujido de una puerta que pide aceite, el tintineo de una cuchara contra la taza de porcelana… y de pronto, la verdad. El presente se desmorona por un segundo y nos devuelve intacto el rayo de aquel sol lejano. Creímos haber olvidado el dolor de una ausencia, pero solo estaba dormido, haciendo la digestión de los años.
No hay olvido posible y quizás allí radica nuestra mayor dignidad. Somos la suma incuestionable de todo lo que nos dolió, de cada abrazo que se nos descompuso en las manos, de cada ilusión que se nos volvió ceniza y recuerdo. Aprendemos a vivir con los fantasmas, a servirles un plato en la mesa y a caminar a su lado sin que nos tiemble el pulso. Aprendemos a no dar explicaciones. Porque al final de la jornada, cuando la luz se apaga y la ciudad se recoge, descubrimos que la memoria no es una condena, sino el único testimonio fidedigno de que estuvimos vivos, de que quisimos con rabia y con pasión y de que, a pesar de todo, valió la pena la quemadura y el silencio.
Por eso, cuando suene de nuevo la voz de Brel diciendo que nada se olvida, no hay que temerle al escalofrío. Nos toca estirar las sábanas impregnadas de un amor que no se va con las lavadas, acomodarnos el abrigo, calzarnos los zapatos, apurar el último trago de café y sonreírle de frente al recuerdo y al vendedor de frutas de la esquina. Al fin y al cabo, se queda con nosotros para siempre eso que tuvo la hidalguía de habernos marcado la piel. Y lo que se va, pues no valía la pena que se quedara.
“Uno no olvida, nada de nada. Uno se acostumbra. Es todo.”
Soledadmorillobelloso@gmail.com



