Colombia y Venezuela ¿UNA NUEVA ERA DE RELACIONES? por Tulio Hernández

En las tres últimas décadas, las correspondientes a la hegemonía absoluta del llamado socialismo del siglo XXI, las relaciones diplomáticas de Venezuela con el resto de países latinoamericanos han sido una montaña rusa llena de sobresaltos, rupturas e, incluso, amenazas de confrontaciones bélicas.

La relación con Colombia no es la excepción. Ha sido una carrera de obstáculos. Con el gobierno de Pastrana se vivió, entre 2001 y 2002, una breve luna de miel. Pero con el arribo de Uribe, entre 2002 y 2010, entramos en una saga de conflictos e intercambios de agresiones verbales: Chávez acusa a Colombia de ser una base militar de Estados Unidos; Uribe a Venezuela por la presencia de las FARC en su territorio. De lo verbal se pasó a una ruptura que hizo sonar tambores de guerra. El comercio entre ambos países pasó de 7.200 millones de dólares en 2008 a 1.400 en 2010.

Cuando entra en escena Juan Manuel Santos, entre 2010 y 2018, regresa una época de buenas relaciones que se ve alterada por la muerte de Chávez, el inicio del gobierno de Maduro, el desate de la crisis migratoria y el primer cierre unilateral de la frontera venezolana. La relación entre ambos al final termina tensa, pero se mantienen los vínculos diplomáticos.

Con Iván Duque, de 2018 a 2022, se llega al peor momento. Duque reconoce a Juan Guaidó como presidente interino; Maduro rompe relaciones al día siguiente. En ambos lados se cierran embajadas y consulados, también los pasos fronterizos y los vuelos entre ambos países. La ruptura es total.

La llegada de Petro, en 2022, supone un avance hacia una normalización de relaciones, pero, a pesar de sus afinidades de izquierda y de compartir la ‘mano blanda’ con el ELN y las FARC, se producen roces frecuentes y no se recupera una confianza definitiva ni hay retorno a la fluidez de relaciones diplomáticas, comerciales y culturales que se tuvo en la era Pastrana y las décadas anteriores.

Ahora, en el año 2026, dos hechos contundentes: la encarcelación de Maduro y el nombramiento de Delcy Rodríguez como presidenta interina de Venezuela bajo la tutela de Washington, de una parte, y la derrota de Petro y el arribo de su contendor de derecha extrema Abelardo de la Espriella a la presidencia, de la otra, marcan una nueva situación cuyo destino aún es incierto.

Es un tiempo de paradojas. Durante todos estos años, las relaciones entre ambos países y, por lo tanto, el intercambio comercial, mejoraban cada vez que había afinidades ideológicas o necesidades de apoyo en temas álgidos entre los presidentes. Pero esta vez no hay afinidad ideológica; el régimen venezolano sigue declarándose socialista, protegiendo a las FARC y el ELN, y celebrando a Fidel y el comunismo. El colombiano, el recién estrenado, en cambio, es abiertamente anticomunista, antiestatista, neoliberal y, sobre todo, dispuesto a ‘destripar’ —es la frase utilizada por De la Espriella— a la izquierda y a la guerrilla.

Pero, y he allí la gran paradoja, ambos regímenes expresan fidelidad a la administración Trump. En el caso de Venezuela, en forma de tutela con visos de protectorado; en el de Colombia, como aliado incondicional. En ambos territorios se recibe como a un procónsul a Marco Rubio, y en ambos, la apertura a la inversión económica internacional es bienvenida.

Las actividades diplomáticas entre ambos países son cada vez más activas y la estrategia colombiana está marcada por la avanzada comercial. Queda clara con el nombramiento como embajador de Jorge Jaller, un alto ejecutivo de una de las más importantes cadenas de distribución de alimentos del país. También en la incursión de Gilinski, el empresario dueño de la revista Semana, quien ya ha firmado, cara a cara con Delcy Rodríguez, la intervención en el negocio petrolero venezolano. Lo que hace prever que las relaciones entre ambos países esta vez no estarán perturbadas por temas ideológico-políticos, sino aceitadas por la sed de inversión extranjera que tiene Venezuela y la necesidad de volver a hacer buenos negocios en territorio vecino que tiene el empresariado colombiano, aupado por un presidente que viene del campo privado y no de la actividad política pública.

Sin embargo, hay tres temas aún candentes. Uno, el de las migraciones: De la Espriella anunció de manera intempestiva que expulsaría de su país a 500 mil venezolanos irregulares, asociándolos a la delincuencia. Luego bajó el tono y solo usó el término “irregulares”.

Los otros dos temas son el de la legitimidad del “gobierno interino” y el de la presencia del ELN y las FARC en territorio venezolano. De la Espriella, hasta el momento, ha sido cauto. Se ha abstenido de opinar sobre la legalidad o no del gobierno, ya no tan interino, presidido por Rodríguez con el apoyo incondicional de Trump. Y tampoco ha expresado reclamo formal sobre la presencia de las guerrillas en el país.

En su relación con Venezuela, predominantemente marcada por intereses económicos, Trump ha colocado en segundo lugar los temas asociados al retorno a la democracia, pero no el tema de seguridad. Lo que explica que, en su reciente visita a Colombia, el secretario de Estado Marco Rubio expresó claramente la necesidad de que sean erradicados de Venezuela los grupos irregulares.

Todo parece apuntar a que el gobierno de De la Espriella hará lo mismo: colocar en primer lugar la economía y dejar a un lado los tópicos asociados a la ausencia de democracia y libertades en Venezuela. Hechos que Uribe y Duque utilizaron como bandera de lucha y marcaron las difíciles relaciones entre ambos países. Lo que no sabemos aún es cómo resolverá el presidente colombiano su promesa de eliminar de raíz a la guerrilla sin exigirle a Venezuela que cese la protección a los irregulares en su territorio.

Ambos modelos apenas comienzan. El de Venezuela se estrena como protectorado estadounidense, y el de Colombia como soporte fundamental de lo que algunos llaman la “ola naranja”, refiriéndose al grupo grande de gobiernos suramericanos que, con la excepción de Brasil, se afilian a los principios de la llamada doctrina “Donroe”.

Dos preguntas finales: ¿Aceptará obedientemente la Colombia de De la Espriella actuar bajo la tutela Trump en sus relaciones con Venezuela? Y, la Venezuela del ‘rodrigato’, para no desobedecer a Trump y asegurar la inversión colombiana, ¿aceptará guardar silencio ante lo que la izquierda colombiana —su socia ideológica— considera “aberraciones fachistas” de parte del gobierno de Abelardo?

Nuevos tiempos vendrán.

Publicado originalmete en la revista digital Ávila Monserrate.

 

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