Guadalupe Burelli UNA TARDE LINDA Y DIFÍCIL EN EL BUSCÓN por Soledad Morillo Belloso

Acabo de regresar de un honor: presentar en la librería El Buscón, del Trasnocho Cultural, junto a Tahía Rivero, el libro de Guadalupe Burelli Transectos por la selva.

Esto es lo que dije:

Hace un par de días escribí que estaba muy nerviosa por esto de haber sido invitada a presentar este libro de Guadalupe. Y créanme que lo estoy. Así que si entro en una gaguera impresentable, de niñita de colegio recitando versos, les pido perdón.

Tuve una suerte inmerecida —esa suerte que llega sin anunciarse, que te revuelve el alma y después se queda quieta, brillando como una lucecita que no sabe apagarse. Me refiero a la inmerecida suerte de leer muchos de los textos de Guadalupe justo cuando ella los terminaba de sentir. No de escribir: de sentir. Porque Guada escribía con las tripas, con la risa, con la herida, con la luz.

Me los mandabas, amiga querida, todavía tibios, desde donde estuvieras, casi quemando. Como quien te pasa una taza de café recién colado y te advierte: “cuidado, que esto quema… pero te va a gustar”.

Guada: Me decías: “Epa, esto es un borrador”. Pero no. Aquellos no eran borradores. Eran criaturas recién nacidas, con la piel húmeda y el susto pegado. Yo los recibía con las dos manos, como quien sostiene un pajarito que aún no decide si volar o quedarse. Gracias a esos textos, viajaba contigo. Caminaba contigo. Sentía contigo.

Leer a Guadalupe es entrar en su cocina interior, ese laboratorio donde ella hacía magia: mezclaba ternura con malicia, ironía con suavidad, furia con dulzura, y una frase podía romperse en dos antes de volver a cantar. Ahí, en ese su laboratorio, todo lo que ella escribía olía a algo que estaba por suceder.

Cada texto suyo llegaba como un secreto que se me pegaba al pecho. Regalos clandestinos, sí, pero también travesuras: a veces breves como un guiño; otras, largas como un cuento que se te sienta en las piernas y no te suelta.

Y hay algo más, algo que todavía me deja blandita: Guada tenía el superpoder —porque es un superpoder— de encontrar belleza incluso en lo que duele. Donde otros veían sombra, ella veía un destello. Donde otros veían ruina, ella encontraba un motivo para quedarse un rato más. Convertía lo vivido en un animalito que respiraba en sus manos.

“Yo tengo muchas convicciones, pero también le doy espacio a las dudas… porque cada día veo menos verdades absolutas”, me dijo una tarde en Galipán, con el horizonte bostezando después de un almuerzo con amigas de toda la vida que de vez en cuando nos hacíamos la visita. Esa frase me atravesó sin maquillaje: ahí estaba su fuerza, su grieta, su claridad, su temblor. Su manera de sostenerse aun cuando el mundo se nos movía como gelatina a medio cuajar.

Guadalupe era especial. Pero no ese especial de tarjeta de cumpleaños. Guada parecía normal, pero no lo era. Para nada. Lo suyo era una rareza luminosa, esa forma suave, poderosamente femenina de estar en el mundo que no hace ruido, pero deja marcas, como la mano que pasa sobre la arena mojada.

Tenía un modo de mirar que desvestía lo que otros apenas rozaban. Por eso fotografiaba como fotografiaba: con tino, con precisión, con ojos clarividentes. Y decía las cosas con una honestidad que dejaba a la gente entre desarmada y agradecida, como si les devolviera un pedacito perdido de sí mismos.

No era una mujer cuchi. Y por fortuna para todos, para nada cursi. Guada pensaba con filo. Hablaba con estructura. Cocinaba como los dioses. Sentía con hondura. Escribía como quien abre una ventana para que entre el fresco y respire el alma. Era una mujer en estreno permanente, incluso cuando estaba molesta, o  rota, o con ganas de mandar todo al carajo.

Fuimos amigas, muy amigas. Pero no de esas amistades que sobreviven por costumbre. De hecho, nos veíamos poco. Pero la calidad pesa más que la cantidad. Nuestra amistad era una cuerda viva: tensada por la confianza, afinada por la risa, templada por el dolor. Una cuerda como de equilibrista, que no se rompía.

Con ella no había punto final. Todo quedaba en puntos suspensivos… como si la vida insistiera en dejar la puerta entreabierta para seguir entrando sin tocar.

Ella dejaba frases inconclusas como quien fertiliza la tierra para que las matas crezcan. Y yo, que le conocía el pulso, sabía que en esos puntos suspensivos estaba su manera de decirme: “quédate con esto, por ahora”.

¿Confidencias? Muchas.

¿Complicidades? Todas. Secretos, risas, llantos. De todo y en suficiente medida.

Guadalupe era el antídoto del aburrimiento.

A veces pienso que esa cercanía hecha de distancias me enseñaba a leerla mejor. O quizá me enseñaba a leerme a mí misma a través de ella. Porque en cada texto que me dejaba ver había un espejo: el de la amistad que no necesita ceremonia, que no está manchada de juicios, el de la confianza que no pide perdón ni permiso.

Hay gente que pasa dejando huellas. Ella dejaba surcos. Surcos profundos. Surcos que apuntaban a un destino. Y yo tuve la fortuna —esa fortuna que pesa y salva— de caminar viendo cómo los trazaba.

No estamos aquí para prolongar un velorio. Ni creo que Kake publique estas crónicas como homenaje. Este libro no es un libro. Es Guadalupe. Su voz. Su respiración. Sus pasiones. Su manera —tan suya— de quedarse incluso cuando ya no está. Y creo que Kake entiende que el mundo tiene derecho a leer esas emociones que Guada dejó en negro sobre blanco y de las que él fue testigo excepcional. Le agradezco que no haya caído en la tentación del egoísmo, que comprenda que estos textos pertenecen al mundo lector.

Ya yo leí estos Transectos por la selva en versión final, de punta a punta. Y, claro, lloré como Magdalena en Viernes Santo, pero también me regocijé. En estas páginas está Guada, latiendo en cada hoja, como latía en cada texto recién nacido que me enviaba. Es su forma de seguir hablándome, de seguir hablándonos, de seguir dejando todo en puntos suspensivos para que yo —terca, fiel, todavía rota y con un dolor entre pecho y espalda que no se me va a quitar nunca— siga contestándole.

No pueden leer este libro como se lee cualquier otro. No. No caigan por Dios en la tentación del facilismo. Aquí está Guada, ella, hablando, con su voz suavecita. No sólo con palabras, sino con esa mirada que supera el horizonte y con esa sonrisa que llena todo sin pedir permiso.

Este libro no es una obra magna. Es una obra de mínimos. Porque la vida es la suma de mínimos y no sólo el estruendo de los máximos. Léanlo sin prisa, con una taza de té o café, con una copa de vino, con ganas de disfrutar. En su lugar favorito en sus casas, o en un parque o una plaza. Saboreen cada crónica, cada párrafo, cada línea. Y háganlo sin prisas.

Este libro no es un adiós. No me despedí de ella cuando murió, no lo hago ahora ni lo haré nunca. Es otro de nuestros puntos suspensivos. Otra ventana abierta. Otro hilo que se niega a soltarse.

A veces me engaño y juego a que Guada está de viaje en algún lugar sin conexión, y por eso no me escribe. Cualquier psiquiatra me regañaría por tan pésimo manejo de la pérdida. En fin…

Guadalupe está aquí: en lo que escribe, en lo que dice, en lo que calla, en lo que deja vibrando. En cómo me enseñó a cuidar una frase como quien sostiene un secreto que duele. “Corta aquí, alarga allá…” me decía, con esa mezcla de maestra y cómplice.

Guada sigue aquí en cada lector, en quienes la conocimos y en quienes la descubran en este libro y sientan ese relámpago manso que yo sentí tantas veces.

Y si algo aprendí de ella es esto: hay personas que se quedan convertidas en voz. En memoria que no pide permiso para seguir viva.

Este libro es eso. Su permanencia. Su respiración. Su manera —tan suya— de no irse nunca del todo.

Guadalupe, Guada querida, amiga de todos los tiempos y de todas las letras: bien por ti. Yo sé que estás aquí… en estas páginas…, que no te fuiste, que estás… Estás para tu familia, para tus hijos y tus nietos, para tus amigos, para tus lectores, para esta Venezuela a la que le diste tanto… Y sí, digo “estás”, en presente del indicativo.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

TRANSECTOS POR LA SELVA, 14 crónicas de Guadalupe Burelli. Gisela Cappelin Ediciones. Caracas, 2026.

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