Entre 2023 y 2025 aparecieron varios libros que se acercan a Simón Bolívar desde perspectivas poco habituales y con formas diferentes de contarlo, interpretarlo y cuestionarlo. Dentro de la corriente revisionista de su figura, alejada del bronce de la estatua ecuestre, que tiene ya una larga trayectoria, estos utilizan métodos muy diversos. Tres se acercan directamente al Libertador: Simón Bolívar: triunfo y ocaso, de Rafael Arráiz Lucca (2025), desde la biografía; Bolívar y la gestación de la patria criolla, de José Rodríguez Iturbe (2023), desde la historia de las ideas; y Entrevista a Simón Bolívar: héroe y traidor, de Javier Fernández Aguado (2025), desde la entrevista imaginaria. El cuarto, El Pacificador, de Francisco Suniaga (2024), es una novela histórica que se le aproxima de manera indirecta, a través de Pablo Morillo, el militar español enviado a ‘pacificar’ Venezuela y Nueva Granada, en cuya vida —y cuya derrota— Bolívar dejó una huella decisiva. El autor imagina como lo miraban desde las filas contrarias.
Conviene detenerse un momento en quiénes son estos autores. Los cuatro tienen una trayectoria pública sobradamente reconocida, cada uno en su campo, pero proceden de ámbitos profesionales e intelectuales muy distintos. Esos recorridos, tan diferentes entre sí, ayudan a explicar la particular manera en que cada uno construye su Bolívar.
Rafael Arráiz Lucca (Caracas, 1959), abogado y doctor en historia con una larga experiencia docente y literaria, individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua, expresidente de Monte Ávila Editores y antiguo director general del Consejo Nacional de la Cultura, es un hombre formado dentro de las instituciones culturales venezolanas, además de poeta y ensayista premiado. José Rodríguez Iturbe (Caracas, 1940), abogado, doctor en derecho, escritor y profesor universitario con una destacada trayectoria de seis décadas en el ámbito académico, que hoy continúa enseñando Historia de las Ideas, mantiene una profunda raigambre familiar y afectiva con el estado Zulia, habiendo sido seis veces diputado y presidente de la Cámara de Diputados de Venezuela. Javier Fernández Aguado (Madrid, 1961), doctor en economía, profesor, conferencista en muchos países y consultor de importantes empresas, es autor de más de treinta libros sobre temas organizacionales, antropológicos e históricos, y uno de los pensadores de management más reconocidos en lengua española, galardonado con el Premio Peter Drucker a la innovación en gestión. Y Francisco Suniaga (La Asunción, 1954), escritor, abogado y profesor universitario con una especialización y maestría en asuntos internacionales, ejerció la docencia y la consultoría jurídica para corporaciones antes de destacarse en el panorama literario como un novelista de éxito, tras una larga trayectoria como analista de política internacional. Un historiador de oficio, un político y jurista, un consultor gerencial y un abogado devenido novelista: pocas veces cuatro trabajos simultáneos sobre un mismo personaje parten de puntos tan distantes.
Por transparencia, vale la pena aclarar que conozco a los autores y les aprecio y respeto. Es una circunstancia que puede influir en mi valoración de sus obras y que, por ello, prefiero hacer explícita para que el lector la tenga en cuenta al juzgar esta reseña.
Como comentamos al principio, la corriente revisionista no es nueva ni exclusiva de estos cuatro títulos. A pesar de la extensísima bibliografía sobre Bolívar —probablemente no haya otro personaje hispanoamericano tan biografiado—, se le sigue escribiendo desde la literatura y el ensayo, con recursos y enfoques muy diversos, a ambos lados del Atlántico. Ya en 1983, el escritor y psiquiatra venezolano Francisco Herrera Luque había aplicado en Bolívar de carne y hueso y otros ensayos un enfoque psicohistórico —el mismo que había utilizado para explicar la herencia de los conquistadores en el carácter venezolano— para indagar en las motivaciones más íntimas del personaje. No fue el único en intentarlo. Desde la ficción, en 1989 Gabriel García Márquez dio, con El general en su laberinto, la versión literaria más célebre y discutida de un Bolívar enfermo, desengañado y mortal. Años después, el colombiano Víctor Paz Otero volvió sobre el personaje en su novela Bolívar, delirio y epopeya. Desde su ensayo histórico de 2006, Manuel Caballero cuestionó de frente el culto oficial en Por qué no soy bolivariano: una reflexión antipatriótica, un libro que sigue incomodando por igual a un lado y otro del espectro político venezolano. El periodista colombiano Mauricio Vargas Linares hizo un ejercicio afín desde la ficción, aunque en parte centrado en otros próceres, con la trilogía compuesta por El mariscal que vivió de prisa, Ahí le dejo la gloria y La noche que mataron a Bolívar, en la que humanizaba a Sucre, a Bolívar y a Santander (tres novelas que reseñé en su momento en el artículo “Trilogía por el bicentenario”, en Prodavinci). La literatura y el ensayo —desde Herrera Luque y García Márquez hasta estos cuatro libros y otros que han aparecido en distintos países— vuelven una y otra vez sobre el hombre y la época de la independencia, precisamente porque la historia oficial deja demasiadas preguntas humanas sin responder.
Los cuatro autores coinciden, además, en algo que conviene subrayar: ninguno necesita derribar al héroe para entenderlo mejor. Se trata de un revisionismo sin ánimo de demolición, más cercano al que hace tiempo reclamaba el historiador Augusto Mijares cuando advertía contra dos tentaciones simétricas: la falsa “objetividad” que reduce a los próceres a estadísticas frías, y la “humanización” de pacotilla que los rebaja para halagar al lector contemporáneo. Los cuatro —cada uno a su manera— buscan un punto intermedio: un Bolívar plenamente humano, capaz de logros que siguen pareciendo casi inverosímiles y, al mismo tiempo, de errores de juicio, de arranques autoritarios y de una soledad final que rara vez se cuenta con detalle.
Arráiz Lucca: el hombre detrás del monumento
Simón Bolívar: triunfo y ocaso es, de los tres, el que más se propone contar una vida completa, con la solvencia narrativa que ya se le conoce a Arráiz Lucca, historiador de formación y uno de los ensayistas más leídos sobre el período. Su apuesta es mostrar a un Bolívar “escurriendo sudores”, atravesando un calvario personal y físico, y no solo protagonizando una gesta épica de fechas y batallas. Es significativo que el propio autor descienda de familiares de Bolívar: esa cercanía genealógica, lejos de empujarlo hacia la hagiografía, parece haberle dado licencia para tratar al personaje con una familiaridad que no necesita ni el gesto solemne ni la reverencia impostada. El resultado es una biografía de rigor documental, pero de lectura accesible, que evita el peso académico de trabajos anteriores mucho más voluminosos.
La recepción pública ha sido, en general, admirativa. El columnista Claudio Nazoa, por ejemplo, se detiene en el asombro casi aritmético que provoca la vida de Bolívar —murió a la edad de 47, por lo que, descontando enfermedades, largos viajes y reveses, dispuso de apenas un puñado de años reales para liberar cinco naciones y fundar una sexta con su nombre—, y usa ese asombro como prueba de que la figura resiste cualquier intento de reducirla a lo común. Ahí está, quizás, el límite natural del libro: al insistir en la humanización, se corre el riesgo de terminar reforzando, por otra vía, la misma sensación de excepcionalidad sobrehumana que se quiere matizar. Es una tensión que probablemente sea inevitable cuando se escribe sobre Bolívar: hasta el biógrafo más empeñado en bajarlo del pedestal termina, sin quererlo, explicando por qué ese pedestal existe.
Rodríguez Iturbe: la autoridad que se erosiona a sí misma
—cuyo subtítulo, Elipse de una contradicción, ya anticipa el tono del libro— es el más frontalmente político y el más incómodo de los tres biográficos. Rodríguez Iturbe examina con herramientas de historia de las ideas cómo Bolívar construyó una auctoritas moral e intelectual antes de tener imperium —poder efectivo— y cómo, una vez que lo obtuvo, sus rasgos de personalismo y pretorianismo terminaron erosionando de modo trágico esa misma autoridad que lo había hecho grande. El libro se detiene con particular dureza en la dimensión dictatorial de los años del Perú, y recuerda que Bolívar no toleró bien las críticas legítimas de su tiempo, como el célebre panfleto de Benjamin Constant, “Bolívar l’usurpateur”. No es casual que el autor examine con “respeto, pero sin recato” —la fórmula es suya— conceptos tan sensibles como la patria, el nacionalismo y la figura del Libertador, ni que extienda la reflexión hasta las consecuencias de ese pasado en la Venezuela de hoy.
Cuando el libro apareció en 2023, el escritor Ibsen Martínez calificó el ejercicio de Rodríguez Iturbe como una de las tareas más nobles que puede imponerse hoy un intelectual latinoamericano: desmontar el mito sin caer en el revanchismo fácil. Es una lectura generosa y probablemente justa, aunque el propio libro parece más interesado en explicar el fracaso del estadista que en celebrar los logros militares y continentales de Bolívar, que quedan en un segundo plano. Quizás por eso Rodríguez Iturbe dirige la atención, al cierre, hacia otros protagonistas menos glamorosos de esos años —Roscio, Toro, Vargas— como si sugiriera que la historia de la patria criolla no cabe entera en una sola biografía, por grande que esta sea.
Fernández Aguado: el interrogatorio imposible
Entrevista a Simón Bolívar: héroe y traidor es, de los tres, el más arriesgado en su forma, y también el que llega desde el territorio menos esperado: Fernández Aguado es, ante todo, uno de los pensadores gerenciales más reconocidos en lengua española, y ya había ensayado el mismo recurso de la entrevista imaginaria con Aristóteles y con Stalin. Convierte el libro en un diálogo directo y ágil que le permite hacerle a Bolívar las preguntas incómodas que la biografía tradicional suele diluir en el relato de los hechos: ¿fue un libertador por convicción o alguien que también buscaba el poder por sí mismo?, ¿hasta qué punto traicionó los ideales que decía defender? El autor no ofrece sentencias definitivas —el título mismo, con su “y”, se niega a elegir entre héroe y traidor— y prefiere describir a Bolívar como una figura “poliédrica”, comparándolo con otros grandes movilizadores de masas mediante la retórica, de Napoleón a Julio César, sin rehuir comparaciones más incómodas con personajes en las antípodas morales.
El libro reconoce sin ambages la visión estratégica, la resistencia física y la capacidad de Bolívar para aprovechar el momento histórico, pero subraya con la misma insistencia su irascibilidad, su carácter caprichoso y arbitrario, su dificultad para construir equipos verdaderamente leales y la contradicción entre lo que predicaba en materia de libertad y lo que terminaba practicando una vez en el poder. Recuerda también que Bolívar nació en una de las familias más acaudaladas de Caracas, una circunstancia relacionada con el papel decisivo que tuvo la élite criolla en el impulso de la independencia. En todo caso, su compromiso con el ideal independentista trascendía los intereses de la clase social a la que pertenecía, aunque esto no le impedía mostrar cierto menosprecio hacia otras clases sociales. Ese compromiso coexistía, además, con otra motivación menos desinteresada: la búsqueda de gloria y trascendencia personal. Fernández Aguado, formado en el mundo de la dirección de empresas, lee además a Bolívar en clave de liderazgo, lo que da al libro un interés adicional para quien busque algo más que historia: un estudio casi de caso sobre las trampas del poder personalista. El formato de entrevista, tan eficaz para hacer entrar al lector en materia, tiene también su precio: por momentos el artificio se hace visible y el lector percibe con claridad la mano del autor detrás de las respuestas del entrevistado. Es un riesgo asumido seguramente de forma muy consciente, inherente a un género que privilegia la claridad expositiva sobre la ilusión de objetividad histórica.
Fernández Aguado no se detuvo ahí con este tipo de trabajos. En 2026 publicó La lógica del mal. Entrevista a Hitler, en la que aplica el mismo recurso de la entrevista imaginaria a un personaje frente al cual, a diferencia de Bolívar, no caben los matices ni los vaivenes humanos que hacen posible un juicio moral más complejo. El libro ha suscitado bastante más comentario público que su trabajo sobre el Libertador. El contraste resulta revelador: mientras en Entrevista a Simón Bolívar: héroe y traidor Fernández Aguado da cabida a las distintas dimensiones del personaje, sin forzar una conclusión única, en La lógica del mal la condena ética de Hitler no está en discusión. El interés está entonces en desentrañar, con las mismas herramientas de lectura del poder, cómo operan la deshumanización y el fanatismo. Es en esa capacidad para discernir las distintas dimensiones de sus personajes, reconocer sus contradicciones y profundizar en su dimensión moral sin simplificarlos donde el autor aporta algunos de los elementos más interesantes de estos trabajos.
Suniaga y El Pacificador: Bolívar desde la otra trinchera
cambia por completo el punto de observación. Francisco Suniaga, el abogado que, ya en la madurez, irrumpió con gran fuerza en la narrativa de ficción, no escribe una biografía sino una novela histórica, y su protagonista no es Bolívar sino Pablo Morillo: hijo de campesinos gallegos, ascendido por mérito y capacidad táctica hasta el generalato, curtido en Trafalgar, enviado en 1815 a “pacificar” unas colonias americanas que la Corona creía apenas alborotadas. El apodo que le da título al libro resulta, ya desde la portada, irónico: Morillo llega convencido de una reconciliación rápida y se topa con un territorio que una reseña de la novela, publicada en el sitio Trópico Absoluto, describe como infestado por una violencia con “un calado de tres siglos de odio”. La Guerra a Muerte que Bolívar había decretado en Trujillo en 1813 no tuvo, del lado español, un decreto equivalente firmado por nadie, pero sí antecedentes y respuestas de facto igual de brutales —las represalias, ya desde 1812, de caudillos realistas como Monteverde, Antoñanzas y, más tarde, Boves—, y es ese ciclo de violencia el que termina empujando también a Morillo hacia acciones similares que, al final, contribuyeron al fracaso de su misión para terminar sintiéndose envilecido.
La novela dedica páginas notables al episodio real de noviembre de 1820: primero, en Trujillo —en el mismo lugar donde, siete años antes, Bolívar había proclamado la Guerra a Muerte—, la firma del Armisticio y el Tratado de Regularización de la Guerra; y, al día siguiente, en la cercana hacienda de Santa Ana, el célebre abrazo entre Morillo y Bolívar. Suniaga trata el encuentro como lo que probablemente fue: un intento genuino de diálogo entre dos hombres que, desde bandos opuestos, entendían ya que la prolongación de la guerra solo traería más devastación. Los reseñistas que se han ocupado del libro —Carolina Jaimes Branger y Alberto Barciela, entre otros— coinciden en señalar la calidad de la prosa de Suniaga, en la que consideran su mejor novela hasta la fecha, y destacan que la obra rescata del olvido a un personaje históricamente desdibujado, mostrándolo derrotado, enfermo y arruinado a su regreso a España. Lejos de la caricatura del villano español, Morillo emerge como una figura trágica, tan atrapada por las circunstancias como el propio Bolívar.
Y es en ese punto donde El Pacificador termina conectando con los otros tres libros, aunque nunca se lo proponga de manera explícita: al negarse a convertir a Morillo en un simple obstáculo en el camino de la independencia, Suniaga obliga también a mirar a Bolívar con más matices. La novela sugiere, sin necesidad de decirlo, que ambos bandos estaban minados por sus propias divisiones internas, y que la república que Bolívar terminó fundando nacía, como señala esa misma reseña de Trópico Absoluto, con “cimientos ya carcomidos por la división”. El destino de los héroes, parece concluir el libro, es casi siempre la derrota; solo cambia la forma en que la historia decide contarla.

Un mismo Bolívar, mirado desde cuatro ángulos
Ninguno de estos cuatro libros necesita el escándalo para justificarse, y ese es quizás su mayor mérito compartido. Ni Arráiz Lucca, ni Rodríguez Iturbe, ni Fernández Aguado escriben para derribar una estatua; escriben, cada uno con su método —la biografía narrativa, el ensayo de historia de las ideas, la entrevista imaginaria—, para apartarse de las versiones prefabricadas y devolver al personaje una complejidad que permite reconocer tanto sus grandezas como sus contradicciones. Suniaga, desde la ficción, hace algo parecido por una vía indirecta: al dignificar a Morillo, dignifica también la magnitud de lo que Bolívar tuvo que vencer y recuerda que toda gesta libertadora tuvo, del otro lado, seres humanos igualmente convencidos de la justicia de su causa.
Tomados en conjunto, estos cuatro libros no ofrecen un Bolívar más pequeño, sino más verosímil: capaz de logros que siguen desafiando la explicación racional y, al mismo tiempo, de arbitrariedad, vanidad y soledad, como puede ocurrir con quien ejerce el poder absoluto durante demasiado tiempo. Que estas obras aparezcan ahora, cuando Venezuela sigue debatiendo con qué Bolívar se identifica y con cuál no, resulta significativo. También lo es que procedan de cuatro autores solventes que se han tomado el trabajo de investigar en serio, sin urgencias ideológicas ni afán de titular. En un país donde el Libertador sigue siendo objeto de apropiaciones políticas tan diversas, recuperar la posibilidad de discutirlo desde la historia, la literatura y el pensamiento, con libertad de criterio, resulta especialmente valioso.
Lo digo, además, desde la experiencia de haber leído los cuatro libros casi seguidos. Me gustaron por razones diferentes: el vigor documental y humano de uno, la incomodidad política del segundo, la valentía formal del tercero y, en el cuarto, el hecho de poner en primer plano una perspectiva poco habitual sobre ese período y sus hombres. Y además, pese a conocer de sobra la historia que cuentan, en ningún momento me aburrí. Contar una vez más la vida de Bolívar, la independencia y la guerra que la hizo posible, sin caer en la repetición ni en la fórmula ya sabida, es quizá una de las pruebas más exigentes para cualquier libro que vuelva sobre este episodio de nuestra historia. Estos cuatro lo consiguen, cada uno a su manera.
Una de las grandes tareas pendientes sigue siendo contar la guerra de independencia despojada del halo de gesta heroica que durante generaciones ha dominado su relato. El propio Bolívar reconoció, al final de su vida, ante el Congreso Constituyente de Colombia, reunido en Bogotá el 20 de enero de 1830: «la independencia es el único bien que hemos adquirido a costa de los demás». Falta profundizar en ese «los demás»: la destrucción física, moral y económica provocada por la guerra, la quiebra de instituciones y las fracturas sociales que dejó; pero también la suerte de quienes la padecieron y protagonizaron lejos de los grandes nombres: los soldados que se mataron en batallas encarnizadas, venezolanos en ambos bandos, y los civiles que vieron destruidas sus vidas, sus familias y sus medios de subsistencia. Sus consecuencias no terminaron con la independencia: se prolongaron y agravaron durante buena parte del siglo XIX, alimentando el caudillismo, la inestabilidad institucional y el empobrecimiento del país. No se trata de disminuir a quienes lucharon por la independencia, sino de verlos en su verdadera dimensión histórica, junto con sus grandezas, sus contradicciones y sus responsabilidades. Solo desde ahí se podrá entender mejor el país que surgió de aquella guerra y las dificultades con las que tuvo que construir su vida republicana.



